La historia de Tomasito

Era el año 1962, un frío mes de febrero, y se matriculaba en Madrid uno de los últimos Seat 600 “a secas”, esos mismos que con los años pasarían a ser conocidos como “N” o “Normal”, un coche que en su momento no era nada especial en las calles, pues de estos primigenios “pelotillas” se fabricaron más de 100.000 unidades, consiguiendo democratizar el automóvil en España. Lo que realmente hacía único a este 600, aparte de ser descapotable, fue tener el privilegio de ser el primer coche que hubo en mi familia.

No, los de la foto no son mi familia, pero el coche se le parece bastante, por desgracia he tenido que recurrir a internet para encontrar una fotografía de un coche de características similares al que gastamos en la familia, porque mi abuelo nunca ha sido un gran aficionado de la fotografía y mucho menos iba a gastar su carrete en fotografiar a su “caballo de metal”. Aunque la foto podría haber sido la de cualquier familia española de los años 60, pues el 600 consiguió ganarse el mote de “ombligo” al ser el coche más popular del país, quizá este apodo fuese un tanto exagerado, pues no todo el mundo tuvo un 600, pero cierto es que cualquier persona de la generación “EGB” o anterior recuerda alguna anécdota o a alguien que tuvo uno de estos omnipresentes coches.

De la historia del coche no sé nada hasta finales de los 60, momento en el que la familia va creciendo y con ella las necesidades de vehículos de mayor tamaño, con el primogénito los desplazamientos se hacían en moto, el marido a los mandos y la mujer con el niño en brazos en la parte posterior del sillín, y por supuesto ninguno con casco. El boom en seguridad vino con el segundo hijo, mi padre, en 1966, cuando la familia pasó de las dos a las tres ruedas, momento en el que mi abuelo adquiere un motocarro, posiblemente un Trimak, del que mi padre recuerda siendo muy pequeño interminables viajes a Leganés en la parte trasera del motocarro, donde la única protección frente a los elementos era una manta que compartía con su hermano mayor.

Ya con el tercer hijo mi abuela protestaba porque el motocarro se quedaba pequeño, así que mi abuelo ahorró lo suficiente con su sueldo de conductor de autobuses de día y taxista de noche para comprar el mejor coche que su economía le permitía, y el afortunado fue un maltrecho Seat 600 descapotable de color azul capri.

Así pues, comenzaba la aventura del 600 en la casa de los Ramiro, o más bien en la puerta, pues el pobre coche nunca conoció lo que es dormir bajo techo a pesar de que era el fiel miembro de una familia de cinco que los acompañaba en todos sus viajes. Algunos recuerdos son una comunión con capea incluida en la que mi abuelo se rompió un brazo y fue conduciendo el coche hasta el hospital, o en el más puro espíritu de la España de los 60 ir los fines de semana a la piscina de Moratalaz o a el Parque Sindical con el techo descubierto con los niños saludando desde el asiento de atrás.

En 1975 la familia se muda de casa, y a mi abuelo le regalan un Renault 8 de la primerísima serie, en ese momento no ve la necesidad de mantener dos coches al ser un gasto superfluo e innecesario, así que en las navidades de 1975 vende el coche a un compañero de trabajo de la EMT que compró el coche con la paga extra de Navidad.

Y es aquí donde al coche se le pierde la pista, hasta muy recientemente, cuando la curiosidad de haber conocido la matrícula me hizo pedir un informe de tráfico del vehículo para conocer algo más de la historia. Y efectivamente algo descubrí, conseguí el nombre del último propietario de aquel coche, e indagando e indagando en redes, y gracias a la ayuda de unos amigos, llegué a conseguir el número de teléfono de este hombre.

Llamé en varias ocasiones y sabía que habían pasado casi 40 años desde que se dio de baja el 600, así que no sabía tan siquiera si me atenderían al teléfono al llamarle, los dos primeros intentos fueron fallidos, pero a la tercera fue la vencida y conseguimos charlar un buen rato.

La sorpresa fue mayúscula por parte de ambos, suya porque el nieto de un antiguo compañero de trabajo suyo le llamaba para preguntar por un coche que tuvo hace décadas, y mía por estar hablando con un hombre que tuvo en su posesión un coche tan preciado para mí.

Sorprendentemente, y a pesar de la edad, este hombre recordaba muchos más detalles del 600 que mi abuelo, por ejemplo, el mote, Tomasito. Muchas historias eran similares a las de mi familia, como los niños disfrutando del cielo abierto del seiscientos de su padre. Lo que más me llamo la atención fue el motivo por el cual se deshizo del coche, que no fue otro que, tras incesables años de servicio haciendo frente a los elementos en la calle, perdió mucho peso, concretamente en los bajos que pasaron, pues el coche en los años 80 ya no solamente era descapotable por arriba, también lo era por abajo. Así que para 1981, el coche ya siendo mayor de edad se dio de baja definitiva, sin conocer más detalles más allá de un incierto final en Alcobendas. Guardo la esperanza de poder reencontrarme con Tomasito algún día, aunque de momento, me conformo con haber puesto en contacto a dos trabajadores y amigos de la EMT, más de 20 años después de sus respectivas jubilaciones, que no es poco.

Javier “Javillac” Ramiro Requena